Soy economista y crecí en Cali. Estudié en la Universidad Javeriana y, como a muchos, la Orinoquía me llegó primero por los libros, las clases y las discusiones de política pública. En ese momento, cuando se hablaba de la Orinoquía, casi siempre aparecía asociada a una idea muy concreta: su potencial de desarrollo agroindustrial.
Recuerdo debates sobre figuras como las ZIDRES, las Zonas de Interés de Desarrollo Rural, Económico y Social. La Orinoquía aparecía como una frontera productiva, una región con tierra disponible, con oportunidades para escalar modelos agrícolas y ganaderos. Desde la economía, la mirada estaba puesta en productividad, inversión y crecimiento. Yo mismo la veía desde ese lugar.
Esa visión empezó a cambiar cuando llegué a trabajar a The Nature Conservancy. Conocer el trabajo que TNC ha venido desarrollando en la Orinoquía, así como el de WWF y otras organizaciones locales, me abrió una puerta que antes no había cruzado. Empecé a entender la importancia de conservar ecosistemas como las sabanas naturales, el valor de los pastos nativos y la enorme tensión que existe frente a una agroindustria que se expande y va transformando los paisajes.
No se trata solo de un impacto inmediato. Las transformaciones que hoy parecen rentables o eficientes pueden tener repercusiones profundas a largo plazo. Afectan la fauna, la flora, los ciclos del agua y, también, la sostenibilidad de las comunidades que habitan estos territorios desde hace generaciones.
En este proceso he tenido la fortuna de trabajar con Thomas Walshburger, científico senior de TNC en Colombia. Cada vez que Thomas nos comparte su trabajo, quedo sorprendido. Cada presentación es una invitación a desaprender y volver a mirar. A reconocer que las sabanas no son tierras vacías ni degradadas, sino ecosistemas complejos, antiguos y funcionales.
Hay una presentación en particular que me marcó. Thomas nos habló de la fauna que habitaba la Orinoquía hace más de 10.000 años. Animales herbívoros de más de tres metros, mastodontes, una megafauna que hoy cuesta imaginar. Pensar que estos paisajes albergaron esa vida me resultó impresionante.
Esa sensación me recordó una visita al Museo de Historia Natural en Nueva York. Caminar por esas salas, ver la historia de la vida en la Tierra, entender la profundidad del tiempo, siempre me ha generado asombro. Y ahí también me reconozco. Durante buena parte de mi vida fui bastante simple. En mi infancia me importaba mucho el fútbol. No tenía una sensibilidad especial por lo ambiental, por la historia natural o por los ecosistemas.
Esa sensibilidad se fue construyendo con el tiempo. Poco a poco empecé a interesarme por la historia, por cómo se ha formado el mundo que habitamos, por la relación entre las sociedades humanas y la naturaleza. Hoy siento que ese proceso apenas comienza.
La maestría en desarrollo rural también ha sido parte de ese camino. Me ha obligado a desaprender modelos y esquemas mentales que desde la economía damos por sentados. A cuestionar certezas, a reconocer que muchas de las respuestas que aprendí necesitan ser replanteadas cuando se miran desde el territorio, los ecosistemas y las personas que los habitan.
Como economista, todo esto me ha dado una riqueza enorme. Me permite ir más allá de ver la Orinoquía solo como una oportunidad de desarrollo industrial. Me obliga a hacerme preguntas más complejas: ¿qué significa realmente ser sostenibles?, ¿cómo pensar alternativas de desarrollo económico que no vayan en contravía de los ecosistemas?, ¿cómo innovar en modelos de negocio, en finanzas y en políticas públicas que reconozcan los servicios ecosistémicos de los que depende nuestro bienestar como sociedad?
No tengo respuestas cerradas. Lo que sí tengo es la certeza de que entender la Orinoquía —y muchos otros territorios— requiere desaprender, salir de una sola disciplina y aprender a escuchar. A la ciencia, al territorio y a la historia larga de los ecosistemas.
Seguir aprendiendo, y desaprendiendo, es por ahora la única conclusión honesta.



Deja un comentario